
Mucha gente me pregunta en que consiste ver el futuro, o el pasado, o lo invisible. Para Martin Luther King, por ejemplo, podría significar una construcción posible, una esperanza. Para Carl Jung o Joseph Campbell, es la sucesión lógica de acontecimientos en la vida de una persona, predichos tan fácilmente como si se estuviese viendo una bitácora de viaje: el viaje del héroe. Para mí, es otra cosa.
Tengo la suerte de haber sido la hija de mi madre, la mujer más aguda e intuitiva que conozco. Todos lo sentíamos como algo muy normal, pero definitivamente no lo era el hecho de, con sólo ver una persona, saber exactamente dónde estaba su dolencia emocional, su clavo manipulador y su medicina. Ella a su vez fue nieta de Eleonora, una mujer de profundas convicciones católicas, filántropa de los sectores más conservadores de la iglesia católica pero que, algún determinado día, se levantaba vestida de negro con la certeza de que antes del atardecer habría de recibir la infausta noticia de un pariente fallecido… Y siempre, sin excepción, fue así.
Mi bisabuela Eleonora fue hija de Momó. Este personaje medio salido de una enciclopedia mitológica, atravesó el siglo antepasado en un navío, abandonando sus orígenes en alguna colonia holandesa para llegar a Venezuela y casarse, contra toda tradición posible con mi tatarabuelo Jorge, un pescador pobre de piel negra, tan negra como la noche. De Momó hay algunos registros orales que la sitúan al final de sus días, pequeñísima y con penetrantes ojos azules, sentada de piernas muy abiertas y extendidas, esparciendo un grupo de barajas españolas sobre los pliegues de su inmensa falda.
En cuanto a mi genealogía, hasta ahí llega la investigación. Respecto a la historia de mi propia vida, puedo decir que siempre, desde el principio de mis memorias, he tomado retazos extraídos de lo etéreo para comprender personas y situaciones, sus pasados y sus futuros. De vez en cuando se manifestaba como una imperiosa necesidad de sostener la mano de alguien y extenderla ante mis ojos, no para interpretar líneas o surcos, sino para comprender toda su vida de “de un sólo golpe”.
Después de esas improntas, la presencia de mis maestros, mis mentores, los faros en un camino, que algunos podrían llamar “espiritual”, fue lo más importante. La primera persona que puso un oráculo en mis manos, su infinita bondad en abrir a mi intelecto todo un mundo misterioso y a la vez obvio, la larga sucesión de escritores que nutrieron espacios ávidos y hambrientos de mi alma y por último la práctica, ese necesario desarrollo del músculo extrasensorial, ese sentido que todo lo ve, lo oye, lo siente y lo sabe.
Algunos me preguntan si es un don con el que se nace o si por el contrario, es algo que todos traemos y tendremos que desarrollar. Ciertamente no lo sé en un sentido genérico. En mi caso particular, creo que hubo una tendencia en los genes, una especie de predisposición biológica a “sentir” o “saber” cosas. También ha habido estudio y práctica rigurosamente éticos y comprometidos. Lo cierto, lo que siempre digo como una verdad que se ajusta a mi historia, es que si sientes la inclinación, el llamado o esa cosita rara en el centro del pecho, tienes que buscar, tienes que asistir a la convocatoria de la vida y explorar, porque quizás, al final, termines “viendo” lo que es tu destino ser.
