
Un eje oculto
Hay un eje oculto que recorre mi mundo interior, una columna de energía atemporal y sutil que siempre ha estado ahí, aunque muchas veces no lo percibo.
Generalmente mis pensamientos, y mis pensamientos sobre mis pensamientos, crean una especie de vibración que, cuando es más intensa, me aleja inevitablemente de ese eje y, como un péndulo, me saca de un extremo al otro. Así, en cada paso fugaz por el centro, toco brevemente mi propio mi propio ser, mi propia inmortalidad, para inmediatamente volver a abandonarla.

Robert Fludd, Integra Naturae Speculum Artisque
En ese breve paso por el centro, en momentos de recuerdo de sí, surge una profunda y muda convicción, una sensación de arraigo en el momento presente, en mí misma y en el universo que habito.
Tantas veces como me es posible recordarlo cada día, anhelo volver a ese centro, al eje invisible de energía en mí. Siempre que sucede, el encuentro con ese interludio de conciencia profundiza una emoción o un estado que, a falta de una idea más precisa, hace un tiempo comencé a llamarlo ‘amor’.
Rumi: Nunca abandones tu núcleo más íntimo ni siquiera por un momento, así el Amado siempre te encontraré en casa.

Encuentro con la quietud
“Descubro que la quietud no es un estado; es un lugar interior. Como un núcleo en el centro de una rueda, se adapta a la quietud y al movimiento con igual facilidad. Esto es un misterio. Es la apertura a través de la cual pueden llegar hasta nosotros vibraciones sutiles. Recordarse a uno mismo es el acto de crear y mantener esta apertura”.
~ Shimon Malin
Algo en mí se alimenta silenciosamente durante ese toque fugaz. Algo en mí se rinde como un peregrino sediento y moribundo que, a punto de perder la fe o la vida, se ve dar su último paso a las puertas de su meca. Algo muere y al morir conoce el amor. No hay más paso que dar, ni siquiera otro aliento para respirar. En ese momento ya no me pertenezco. O mejor dicho, entiendo que nunca me he pertenecido a mí misma.
No podría, de ninguna manera, recorrer el camino hacia la quietud interior, sin que ese amor hubiera estado ahí mucho antes. Su poder de atracción es lo que me lleva a abrir los ojos de mi presencia y mi corazón cuando el interminable pendular me da una nueva oportunidad de tocar el centro. Cada vez que encuentro este amor en la quietud del presente, el mundo de mis pensamientos, mis apetitos y mis pasiones se desvanece y puedo ver ese mundo como una escena distante que tiene lugar al final de una calle oscura, o como una canción sorda que suena en una radio vieja y que alguien olvidó apagar.

Dante and Beatrice in First Heaven, Canto 1, 14th century
¿Quién soy?
Entonces, ¿quién está viendo todo esto? ¿Quién ha sido poseído por una dulce y amorosa claridad que trasciende el ruido irritante que, como visitante no deseado, encuentro cada vez que miro aquí?
¿Qué, en mí, ha sabido detenerse justo en el punto donde la conciencia es posible? ¿Qué, en mí, sabía que existía? ¿Quién en mí lo recordará cuando lo haya olvidado en el próximo instante?
Es la parte de mí que es y ha sido tocada por la influencia de ese amor. Una pequeña partícula en mi interior que es rozada, encendida y transformada para siempre por una fuerza ajena a mí, que no nace de mí pero que al mismo tiempo está plantada y alojada en un espacio de quietud, amorosamente creado como una ofrenda, muy dentro de mí.
Dante: Pero mi deseo y mi voluntad ya estaban movidos, como una rueda que gira uniformemente por el amor que mueve al sol y las demás estrellas.
